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Historia de un inmigrante (o dos)

July 24th, 2007 by fairfax

Desde pequeño, siempre tuve dos exigencias académicas bien marcadas. Por un lado, el manejo del ordenador y por el otro, el dominio, si quiera intermedio, del idioma inglés. ‘El que habla el mundo’, según muchos. Soy latino, más exactamente de Venezuela. Mis posibilidades económicas nunca bordearon la indigencia, pero sí la riqueza. De niño, me gustaba recorrer, con mis hermanos, Disney World (El mundo de Disney) y algunos castillos rusos. Si no estaban ellos, me daba el lujo de rechazar la propuesta. Lo tuve todo hasta que mi padre dejó de ser gerente de Márketing de un canal de televisión. 

No es el sonado caso de RC-TV (Radio Caracas), donde se demostró la ignorancia totalitaria de mi nación. Fue mucho antes. La cúpula que acompaña a Hugo Chávez es igual que él. Critican los miles de iraquíes muertos injustamente por Estados Unidos, cuando el terror fue posible gracias a la fuerza energética que le venden, ganando exorbitantes sumas de dinero (

la Copa América 2007 costó 1000 millones de dólares). Se trata, como una vez dijo Noam Chomsky, de hacernos de un enemigo visible para engordarlo de defectos y atacarlo. Así, el terrorismo blanco (ejecutado por los presidentes de EE.UU. y Venezuela) se cubre bajo el velo de una causa justa, logrando que la población justifique los enfrentamientos bélicos. Pero no deje que se me salga la política. Ése es otro tema. 

Decía que mi padre fue expulsado de su puesto en un medio de comunicación. La causa es la que Usted imagina. Chávez. Entonces, desde los 15 años, tuve que laborar. Primero, como ayudante en una imprenta y luego, como secretario de un escritor. Este último trabajo, a los 22 años, me había dotado de un conocimiento equivalente a los años de secundaria perdidos por el exilio de mi progenitor. Era un rebelde (él). Tal vez ese fue su mayor mérito-delito. 

El novelista que me contrató ganó una condecoración de
la Editorial Alfaguara. Y firmó un contrato para escribir por entregas en Italia. Siete años era el tiempo que no veía a mi padre y también que llevaba apuntando las ideas que el literato, corto de vista, expresaba a tientas. Lo único que sabía hacer era redactar. Así, inmigré a Roma, una ciudad histórica, pero dura para quien no conoce el italiano. El escritor me llevó consigo. Y empezó un mundo de experiencias.
 

Viajar por los trenes antiguos, conocer la burguesía italiana, tomar un café con las posturas de un descendiente de Rómulo y Remo (eso fue un chiste), fue difícil para dos venezolanos hispanohablantes. La realidad nos aplastó y exigió de nosotros pestañas, ojo y cejas. ¿Para qué? Para comunicarnos en su idioma. En principio, fue complicado por las largas horas que pasábamos él pensando y yo escribiendo, en español. Es muy extraño encerrarse en un studio a imaginar en castellano y recibir a un invitado en el lenguaje de Dante Alighieri. Con el tiempo, los papeles se revirtieron y la abstracción se hizo en la nueva lengua. Empecé a idear mis propias historias y mi jefe me agradeció algunas sugerencias. Pronto, nos hicimos coeditores e Italia fue nuestra. 

El italiano nos permitió transmitir sentimientos sudamericanos a públicos europeos. Mi vida se resume en tal frase. ¿Mi padre? Espero que no se le levante el exilio. Porque ya aprendió bien el alemán. 

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